5 may. 2008

Historia del Mutualismo Mexicano (6)








La presencia de las sociedades mutualistas en los Estados de la República *


En todos los Estados de la República existió cuando menos una sociedad mutualista. De aquí podría derivarse que la propaganda realizada a favor de la organización fue suficientemente amplia sobre todo si se considera el deficiente servicio de comunicación que existía. De acuerdo a los datos recopilados hasta la fecha, existieron en la provincia alrededor de doscientas sociedades de socorros mutuos, la mayor parte de estas localizadas en la región central de la República, donde se encontraba la zona más densamente poblada y cuya producción económica era vital para el resto del país.

En los primeros años de la década de 1870 se observa la aparición del mayor número de sociedades, sobre todo en los Estados de Puebla, Hidalgo, Jalisco, Estado de México, Guanajuato, Sinaloa y Veracruz.

A partir de la primera reelección de Porfirio Díaz, hasta finales del siglo se advierte un descenso notable en la organización de mutualidades, reduciéndose a la mitad el número de sociedades existentes. Es tan sólo en Veracruz donde se registra un importante incremento de este tipo de asociaciones, así como la permanencia en el funcionamiento de las ya existentes.

Del total de las sociedades mutualistas fundadas antes de 1880, solamente la quinta parte sigue existiendo durante el porfiriato. Esta situación parece corroborar la afirmación de que durante el gobierno de Díaz reinaba un ambiente de represión que obstaculizó toda forma de organización entre los trabajadores.

El descenso de la actividad mutualista también sugiere un descenso en el papel del artesano en la vida económica del país así como un deterioro paulatino en su situación económica. Además, el empobrecimiento de los artesanos conduce a una parte de estos a convertirse en asalariados, engrosando así las filas del proletariado que buscará soluciones fuera del mutualismo.

Las asociaciones mutualistas fundadas en el interior, no se concentran exclusivamente en las capitales de los Estados; por el contrario, la mayor parte se localiza en otras poblaciones. Estas últimas eran centros de regular actividad económica, generalmente bien ubicados, donde confluía la actividad comercial de poblados menores. En las principales regiones mineras, en las aduanas y puertos, se localiza buen número de sociedades mutualistas. Comparando la lista de fábricas de hilados y tejidos de algodón existentes en México (28) en 1877 con la de las sociedades mutualistas establecidas en las regiones industriales en esa misma época, puede apreciarse una notable coincidencia, con excepción de los Estados de Colima, Jalisco y Coahuila. En el caso de Jalisco se tiene noticia de que los intentos de formar asociaciones se veían obstaculizados por el clero (29).

La composición social de estas sociedades es aún más heterogénea que la de la capital, quedando integradas no sólo por asalariados y artesanos de diversas ramas, sino llegando a incluir a los jefes políticos y propietarios de las mismas fábricas en calidad de socios activos, es decir, disfrutando de los mismos derechos que asociados de menores recursos. Esta heterogeneidad no se consideraba una limitación, sino por el contrario, la participación de elementos de distintos niveles sociales demostraba en la práctica la posibilidad de conjugar armoniosamente los intereses del Capital y del Trabajo y, por ende, establecer una sociedad más justa.

Así, por ejemplo, de la sociedad Esperanza de Querétaro era miembros el Gobernador del Estado, Cayetano Rubio, propietario de la famosa fábrica Hércules; algunos profesores, carpinteros, zapateros, etc. (30).

Por otra parte, es evidente la tutela o por lo menos una aceptación formal de los gobiernos estatales o de las autoridades locales con estas organizaciones de socorros mutuos. En algunos casos el Gobernador o Jefe Político del lugar era nombrado miembro honorario de estas sociedades; en otros, se sabe que los gobiernos locales subvencionaban o financiaban esporádicamente a las mutualidades. En otras ocasiones las autoridades locales apoyaban económicamente la instalación de escuelas, o bien regalaban libros a las bibliotecas de las sociedades asistiendo además a los exámenes finales de dichas escuelas.

La vida de estas sociedades, como mencionamos, fue breve: una sociedad existía en promedio cinco años e incluso menos; de algunas asociaciones se sabe únicamente el año de fundación y el proyecto para establecer un Reglamento que normara su actividad. Además del socorro mutuo, limitado ya por la rigidez de los estatutos y por la astucia de algunos que lograban medrar a costa de los fondos de la sociedad, la actividad de las asociaciones se reducía a la formación de bibliotecas y algunas escuelas nocturnas para adultos. Algunas asociaciones promovían con entusiasmo la realización de exposiciones artesanales e industriales intentando con ello el mejoramiento económico de los artesanos e impulsar el desarrollo industrial.

Gran número de asociaciones procuraban establecer relaciones con otras del mismo género, quizá procurando fortalecer el mutualismo. Por lo que puede deducirse de la información reunida, estas relaciones se limitaban a la asistencia a celebraciones de aniversario, al nombramiento de socios honorarios y no se ocupaban de la discusión de problemas comunes.
Como puede observarse la actividad mutualista en provincia fue importante en cuanto a la prolongada organización de asociaciones; sin embargo no se aprecian resultados prácticos en cuanto al mejoramiento social de los integrantes de dichas mutualidades.

En general, a pesar de la intensa propaganda, el mutualismo no logró su principal objetivo: aliviar la situación del trabajador. Se realizaron algunos intentos por reunir los esfuerzos de las organizaciones mutualistas; así tenemos que en 1872 se integró el Gran Círculo de Obreros de México y más tarde, en 1876, 1879 y 1894 se organizaron Congresos Obreros que no alcanzaron los objetivos propuestos. Ante el fracaso del mutualismo se inició la búsqueda acuciosa de otro tipo de soluciones.

* Trabajo colectivo de Leticia Barragán, Rina Ortíz y Amanda Rosales, investigadoras todas ellas del ahora desaparecido Centro de Estudios Históricos del Movimiento Obrero, y que fue originalmente publicado en la revista Historia Obrera, Nº 10 correspondiente al 10 de octubre de 1977.
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